UNO, DOS, ULTRAVIOLENTOS

Un martes 17 de Septiembre de 1996, poco antes del alba. El Reagrupamiento Operacional Especial coordina en toda la península Itálica el arresto de 70 anarquistas. Se trata de poner término a 15 años de investigaciones infructuosas que tenían por objeto a anarquistas insurreccionalistas.

La técnica es conocida: fabricar “un arrepentido”, hacerle denunciar la existencia de una vasta organización subversiva jerarquizada. Después acusar sobre la base de esta creación quimérica a todos aquellos a los que se quiere neutralizar de formar parte. Una vez más, secar el mar para coger a los peces. Incluso cuando no se trata más que de un estanque minúsculo. Y de algunos gobios.

Una “nota informativa del servicio” escapó al Reagrupamiento Operacional Especial en relación a este asunto. Se expone su estrategia. Fundada sobre los principios del general Dalla Chiesa. El Reagrupamiento Operacional Especial es el servicio imperial tipo de contra-insurrección. Trabaja sobre la población. Allí donde una intensidad se produce, allí donde algo ha pasado, él es el “french doctor” de la situación. El que pone, con el pretexto de profilaxis, los cordones sanitarios cuyo objeto es aislar el contagio. Lo que teme, lo dice. En este fragmento lo escribo. Lo que teme, es “el pantano del anonimato político”.

El Imperio tiene miedo. El Imperio tiene miedo de que nos volvamos cualquieras. Un medio delimitado, una organización o una comunidad combatiente. No los teme. Pero una constelación expansiva de OKUPAS, de granjas auto-gestionadas, de viviendas colectivas, de reuniones “fine a se atesso”, de radios, de técnicas e ideas. El conjunto ligado por una intensa circulación de los cuerpos y de los afectos entre los cuerpos. Ese es otro asunto.

La conspiración de los cuerpos. No de los espíritus críticos, sino de las corporeidades críticas. He ahí lo que el Imperio teme. He ahí lo que lentamente adviene, con el incremento de los flujos, de la defección social. Hay una opacidad inherente al contacto de los cuerpos. Y que no es compatible con el reino Imperial de una luz que ya no ilumina las cosas sino para desintegrarlas. Las zonas de opacidad ofensiva no están por crear. Están ya ahí, en todas las relaciones en las que sobreviene una verdadera puesta en juego de los cuerpos. Lo que hace falta es asumir que tomamos parte en esta opacidad. Y dotarse de los medios de extenderla, de defenderla. Por todas partes donde se llega a desarticular los dispositivos imperiales, a arruinar todo el trabajo cotidiano del Biopoder y del espectáculo para exceptuar de la población una fracción de ciudadanos. Para aislar nuevos “untorelli”. En esta indistinción reconquistada se forma espontáneamente un tejido ético autónomo, un plan de consistencia secesionista. Los cuerpos se agregan. Recuperan el aliento. Conspiran. Que tales zonas estén condenadas al aplastamiento militar importa poco. Lo que importa, es cada vez arreglar una vía de retirada bastante segura. Para volverse a agregar en otra parte, más tarde.

Lo que sustentaba el problema de ¿QUÉ HACER? era el mito de la huelga general.
Lo que responde a la pregunta ¿CÓMO HACER? es la práctica de la huelga humana.

La huelga general permitía interpretar que había una explotación limitada en el tiempo y en el espacio, una alineación parcelaria, debido a un enemigo reconocible, por tanto derrotable. La huelga humana responde a una época en la que los límites entre el trabajo y la vida acaban por difuminarse. Donde consumir y sobrevivir, producir “textos subversivos” y precaverse de los efectos más nocivos de la civilización industrial (hacer deporte, el amor, ser padre, o estar con el Prozac)…todo es trabajo.

El Imperio gestiona, digiere, absorbe y reintegra todo lo que vive. Incluso “lo que yo soy”, la subjetivación que no desmiento “hic et nunc”, todo es productivo.
El Imperio ha puesto todo a trabajar. Idealmente, mi perfil profesional coincidirá con mi propio rostro, incluso sino sonríe. Las muecas del rebelde venden muy bien, después de todo.
Imperio, es decir que los medio de producción se han convertido en medios de control, al mismo tiempo que lo contrario se verificaba.
Imperio significa que de ahora en adelante el momento político domina el momento económico. Y contra esto, la huelga general no puede ya nada.

Lo que hay que oponer al Imperio es la huelga humana. Que nunca ataca las relaciones de producción sin atacar al mismo tiempo las relaciones afectivas que las sostienen. Que socava la economía libidinal inadmisible, restituye el elemento ético – el cómo – reprimido en cada contacto entre los cuerpos neutralizados.

La huelga humana es la huelga que, allí donde se esperaba tal o cual reacción previsible, tal o cual tono apenado o indignado, PREFIERE NO. Se disimula al dispositivo. Lo satura o lo estalla. Se recobra, prefiriendo otra cosa.

Otra cosa que no esta circunscrita en los posibles autorizados por el dispositivo. En la ventanilla de tal o tal servicio social, en las cajas de tal o tal supermercado, en una conversación cortés, en una intervención de la “poli”, según la relación de fuerzas; la huelga humana hace consistir el espacio entre los cuerpos, pulveriza el “double bind” en el que están capturados, los conduce a la presencia.

Hay todo un luddismo por inventar, un luddismo de los engranajes humanos que hacen girar el Capital.

En Europa, el feminismo radical ha sido una forma embrionaria de huelga humana. “¡Basta de madres, de mujeres y de hijas, destruyamos las familias!” era una invitación al gesto de romper los encadenamientos previstos, de liberar los posibles comprimidos.

Era un atentado a los comercios afectivos fracasados, a la prostitución ordinaria. Era una llamada a sobrepasar la pareja, como unidad elemental de gestión de la alineación. Llamada a una complicidad. Práctica insostenible sin circulación, sin contagio.

La huelga de las mujeres llamaba implicitamente a la de los hombres y los niños, llamaba a vaciar las fábricas, las escuelas, los despachos y las prisiones, a reinventar para cada situación otra manera de ser, otro cómo.

La Italia de los años 70, era una gigantesca zona de huelga humana. Las auto-reducciones, los atracos, los barrios oKupados, las manifestaciones armadas, las radios libres, los innumerables casos de “Sindrome de Estocolmo”, incluso las famosas cartas de Moro detenido, hacia el final, eran prácticas de huelga humana.

Los “estalinistas” hablaban entonces de “irracionalidad difusa”, y ya es decir.
Hay autores también en los que se esta todo el tiempo en huelga humana. En Kafka, en Walser o en Michaux, por ejemplo. Adquirir colectivamente es facultad de sacudir las familiaridades. Ese arte de frecuentar en sí mismo al huésped más inquietante.

En la guerra presente, en la que “el reformismo” de urgencia del Capital debe tomar los hábitos del revolucionario para hacerse entender, en la que los combates más “demócratas” , los de las “contracumbres” , recurren a la acción directa, un papel nos esta reservado.
El papel de mártires del orden “democrático” , que golpea preventivamente todo cuerpo que podría golpear. Yo debería dejarme inmovilizar ante un ordenador, mientras las centrales nucleares explotan. debería dejar que se juegue con mis hormonas o a envenenarme. Debería entonar la retórica de la víctima. Porque, está claro, todo el mundo es víctima, también los opresores mismos. Y saborear que una discreta circulación del masoquismo vuelva a dar encanto a la situación.

La huelga humana, hoy, es rechazar jugar el rol de la víctima. Atacar ese rol. Re-apropiarse de la violencia. Arrogarse la impunidad. Hacer comprender a los ciudadanos pasmados que aunque no entren en la guerra están de todos modos. Que allí donde se nos dice que es tal cosa o morir, es siempre en realidad tal cosa y morir.

Así, de huelga humana en huelga humana, propagar la insurrección, donde ya no hay, sino, donde somos todos singularidades cualquieras.

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